Cuando Sócrates es más persona que personalidad

Crítica de I.P. Nova y foto de Víctor Ballesteros publicada en La Tribuna de Toledo, 23 de mayo
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Salía Josep María Pou al escenario arremangándose la camisa, como el panadero que se va a poner manos a la obra sabiendo que va a cocinar un pan genial, de esos de corteza crujiente y miga sin apelmazar. Y eso era porque sabía que tenía los ingredientes necesarios para hornear un buen espectáculo. Sus compañeros estuvieron a la altura de su poder interpretativo, Mario Gas y Alberto Iglesias supieron enmarcar el complejo pensamiento de Sócrates en apenas hora y media (sin resultar demasiado condescendientes) y, por si fuese poco, el público guardo las formas ante una obra de aparente sencillez pero con un entramado de ideas, reflexiones y símiles con la actualidad en las que el propio lenguaje y la retórica del mismo jugaron su papel más fundamental.
«Me llaman Sócrates y me gusta hablar». Esas fueron las precisas frases con las que se dirigió Pou al público. Ya habían hablado de él sus compañeros y sólo le faltaba poner la guinda al pastel. Dar un golpe sobre las tablas para demostrar que, entre humor y resignación, se iba a desarrollar la vida de este Sócrates más persona que pensador, mucho más humilde que lo que han pintado las crónicas y, ante todo, consecuente. Es un Sócrates que acomete enseñanzas para el ayer y el hoy pero sin caer en la lección del magistrado. Gas e Iglesias han conseguido dar pinceladas morales sin pecar en la soberbia de sentar cátedra.
En lo que respecta a los tiempos narrativos, Gas ha sabido marcar las pautas sin hacer una linea previsible. Ideal la primera introducción en la que se presenta el texto y su por qué de la toma de la cicuta. Desde ahí la historia se retrocede hasta la razón de su juicio, y posterior ejecución, para volver a ese momento inicial, esas frases de despedida de Sócrates tras tomar el veneno en las que la honradez y la sencillez del campesino (que debe tres monedas por unas gallinas) se antepone a las grandezas de un pensador que quisiera dejar en la impronta de la memoria una gran frase de despedía.
Ante la platea de ciudadanos se presentaron los personajes y un escenario sencillo. Tan sólo unos bancos y las capas constituyen el hilo artístico. No hacen falta grandes artificios ni efectos visuales para dibujar esa estampa de un centenar de ciudadanos griegos aquejando contra el gran Sócrates. Alberto Iglesias, Carles Canut, Guillem Motos, Amparo Pamplona, Ramon Pujol y Pep Molina acompañan a este sabio aceptando su segundo plano en la escena pero siendo los perfectos acompañantes de este vals interpretativo.
A destacar quedan frases que parecen que acaban de salir de un informativo en ‘prime time’. Consejos que ya podría escuchar la corrupta clase política que, en ocasiones, protagoniza titulares. Y es que si este Sócrates saliese a debatir en la próxima campaña electoral, el resto de partidos estarían completamente perdidos. Que se asusten algunos o que opten por contratar a Mario Gas y a Alberto Iglesias como directores de sus discursos (el propio Pedro Sánchez ya se ha nutrido de un guionista de televisión), parece que el Sócrates de Pou sería el mejor en el debate electoral. Y ya lo ha dicho él antes del fundido en negro: «Nazco cada día, vivo en todas las épocas y nunca moriré». Aunque, tal vez, le prefiriesen más como contrincante que como agitador de mentes pensantes que es lo que verdaderamente fue este gran mártir de la democracia.

Cervantes se reinventa con la novela ejemplar

Texto: I.P. Nova. Foto: Yolanda Redondo / Tribuna de Toledo, 24 de abril.
La conmemoración del cuadragésimo aniversario de la muerte del autor de El Quijote llegó ayer al Teatro de Rojas con firma local. Una de sus actrices: talaverana, y el escenario: con espíritu abstracto capitalino (concretamente ideado por el gran maestro Rafael Canogar que se encontraba entre los espectadores).  Y así abrió el telón el Rojas. Entre aplausos de sabor del arte de la tierra y viendo que no todo Cervantes se queda en Alcalá y como no toda su obra habla del Quijote. La apuesta era arriesgada. Caras conocidas y un viaje onírico a través de las letras de ‘El Amante Liberal’, una obra tal vez poco estudiada del padre de las letras españolas y que ha sido perfectamente adaptada por Emilio Gutiérrez Caba. Jugando con humor y sátira en un monólogo brillante de un Cervantes póstumo resplandeció el actor Daniel Ortiz, columna vertebral de la obra y que fue en este corte de la actuación cuando confesó su buen hacer en esta procesión.
Yolanda Redondo / Tribuna de Toledo
Yolanda Redondo / Tribuna de Toledo

Ha estado más que estelar la compañía Euroescena, y no es sólo un juego de palabras. Emilio Gutiérrez Caba sorprendió y gusto al Rojas con una oferta variada en la que él que fue a ver teatro se encontró también con música y danza. Y donde la novela no quedó sólo en un discurso narrativo, sino que se cargó de matices con el juego de luces, baile y puesta en escena que se argumentó desde la batuta de Carlos Merino.

No estaba de más la localización. Y es que, aunque pasara hace unos meses por Cuenca y Ciudad Real, no hay nadie que entienda mejor la mezcla de culturas que Toledo. Cristianos, turcos y renegados de ambas religiones procesaron una actuación en la que se respetó el texto pero con uno matices a cargo de Gutiérrez Caba que aglutinaron las carcajadas de la platea.
Brilla con esencia natural la actriz, coreógrafo y bailarina Lubna Shakti que lo mismo pudo ser el mar del mediterráneo que la bravura del amor de juventud que un reflejo de celos incomprendidos.
En lo que respecta al elenco de actores. Daniel Ortiz, encargado de ponerse en la piel de Cervantes, supo donde estaba y clavó su interpretación. Acompañado de un mordaz y realista Manolo Caro. Este Cervantes supo jugar a la burla y el despiste, no sólo de la Dama turca a la que le contaba sus historias, sino de todo el público de la Imperial. Al ser la primera vez que se pone en escena esta novela ejemplar del autor del Quijote parecía complicado encontrar el punto exacto entre la carcajada y la seriedad pero se atinó y se hizo pleno al quince.  La sátira y la sobreactuación comedida llegó de la mano de Antonio Salazar en el papel de Cadí y Cornelio.
Palabras aparte merece la talaverana Sara Moraleda. Bella mujer argelina que también causa al espectador duda al ver cómo, con la juventud que señala, es capaz de captar tan bien la verosimilitud de ese y otros personajes a los que pone raza. Le queda mucho que decir y mucho que enseñar.
La atmósfera escénica, plagada de claroscuros, de siluetas adivinadas, crean una ilusión mágica, una sensación de irrealidad, el marco perfecto en el que lo imposible puede llegar a ser verdad. Desde la celda del malaventurado Cervantes hasta los palacios de Mahamut.  Un marco en el que la imaginación y Rafael Canogar hacen avanzar historias nunca jamás contadas así y que se merecían un estreno como el del Rojas.